Cuánto cuesta volver
08 sep 2010 Dejar un comentario
in Opinión, Diario, sentimientos
Es como recordar. Un tiempo pasado que no tiene por qué ser mejor, pero que fue un presente casi olvidado. Es como volver a tu antiguo barrio, a tu antigua casa. Te trae muchos recuerdos pero no quieres decepcionarte cuando, al llegar, descubres la miseria que es ahora todo aquello que recuerdas con tanto cariño.
Por eso cuesta volver. Tiempo que te falta; los días que van pasando; el deseo de hacer algo y no poder, hasta que llega el momento de poder y ahora no querer. Cuesta retomar lo dejado hace tanto tiempo. Ya no es lo mismo, no es la misma línea de los acontecimientos, ésta se ha perdido en ese tiempo de blancos y negros, de grises fotogramas casi olvidados a propósito, con el fin de dejar espacio a los nuevos recuerdos, a las nuevas fotos en color.
Ya no soy quien fui, o a lo peor, es que no quiero serlo. Nuevos proyectos alumbran el camino del futuro, bifurcado de caminos antiguos y ya andados, con elecciones que tal vez sean equivocadas, o tal vez no. La ilusión por encaminarse en una dirección nos da fuerzas para continuar hacia una meta incierta, una meta mitificada de tantas veces imaginada, llena de colores de sonrisas de parabienes. A veces inalcanzable.
De aquel antiguo camino que seguí, a los lados, en las riberas de los ríos que llevan sus aguas de forma inexorable al mar, en los bosques de la memoria voy dejando amigos, conocidos, personas con las que compartí un momento, un segundo, una sonrisa siquiera. Hoy casi no nos conocemos, nos cruzamos por estos nuevos empedrados que no sabemos a dónde nos guiarán y no nos atrevemos a levantar la vista y preguntar ¿qué tal te va? Hoy ya no tenemos nada en común. Simplemente lo tuvimos.
En esos tiempos, semanas, días, horas, las fotos se cuartean, pierden sus colores, las vivencias se tornan recuerdos, los recuerdos pierden su color, su olor y hasta su sabor. Aunque quieres no puedes volver. Es el desastre de la vida. Crees que no tendrá fin y sin embargo todos los días son un final, nunca un principio. Pierdo mi tiempo buscando respuestas a preguntas que no tengo, o quizá me pierdo en mí mismo tratando de hacer las preguntas para las respuestas que no quiero. Nadie lo entiende, ni siquiera yo.
Cuántas veces me he sentado y, tratando de imaginar una historia como ésta, he fracasado. Tengo el impulso de salir adelante, de empujar las puertas cerradas para abatirlas, de coger un bolígrafo o ponerme delante de un teclado, ¿para qué? No lo sé. Es un impulso. Dar sentido a esa historia personal que nadie va a conocer, que nadie va a leer. Es como en internet, si no estás no existes. Si no escribes tu alma no queda en ninguna parte, nadie te conoce, no eres. Quedaré perdido en el tiempo, tras aquellas líneas que, aunque escritas con pasión y celos, nadie va a leer. Y aunque quede aquí, nadie sabrá quién soy, quién fui.
Quiero volver a aquellos años en que las palabras con o sin sentido brotaban como de una fuente para construir versos, líneas de una historia inconexa, dando sentido a una parte de ese tiempo en que un día sí que fui. En fin ya no es tiempo de palabras fugaces, rápidas, llenas; creo que llega el momento de meditar, pensando despacio sobre cada cosa que hago, cada palabra que escribo. Sin embargo esto es lo que hay.

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