Un día más.

Son casi las once de la noche. Estoy aquí, sentado ante el portátil, tratando de dar forma a los pensamientos que bullen constantes en mi cerebro. En esta habitación que ocupo ocho o diez días al mes, bueno, ésta no porque he cambiado a una habitación más pequeña, con armario empotrado, algo más cálida, menos húmeda, más acogedora. Me siento sólo, perdido. Intento huir a través de las palabras escritas que no logro poner en orden.

A veces la soledad me abruma, pero es tan corto el tiempo el que ella me hace compañía que casi no puedo echarla de menos y, sin embargo me abruma. Todas estas noches, cuando vuelvo del trabajo y me encierro en esta pequeña habitación, ingreso nuevamente en un mundo del que nadie es partícipe, sólo yo.

A veces quisiera una simple sonrisa, un saludo tenue, una leve mirada que hiciera más evidente mi existencia, ser consciente de que sabes que existo, que estoy ahí. Pero no sé quién eres tú.

Es un lío, es tanto lo que tengo dentro que se atropella por salir y da lugar a cosas sin sentido y hace que me pierda en todos y cada uno de los recovecos de las ideas que se cruzan a toda velocidad, como trenes sin control.

Por eso el bloqueo es tan largo, tan continuo, sin permitir que el espíritu se exprese con libertad. Me resulta imposible seguir, no soy capaz de ordenar las ideas.

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